Imagen Flickr
Faltan muy pocas horas para partir rumbo a Venezuela. Es un viaje lleno de nostalgia. Es un viaje de retorno y un viaje de reencuentro.

Es que pocos saben que me crié en la tierra del Libertador Simón Bolívar, viví allá diez años. En el techo de Latinoamérica, donde el mar Caribe se une con el océano Atlántico y donde los paisajes se entremezclan en una rara fusión de mar turquesa, con médanos de oro, selva impenetrable, llanos lisos, Andes nevados y costas antojadizas.
Llegué al país de la salsa y el merengue cuando tenía cuatro años, y pese a lo pequeña recuerdo como si fuera hoy, el calor húmedo de Caracas golpeando mi cara a la salida del Aeropuerto.

Debo decir, que los míos fueron años de infancia plenos y felices. Vivía en Lecherías una localidad pequeña cerca de Puerto La Cruz, la ciudad costera por excelencia. En la década del 80’ aquello era un páramo caribeño con escuelas en la playa. Sí, así era uno de los colegios al que fui. La arena era el patio donde saltábamos a la cuerda. La diversión de esos años era jugar en la playa toda la tarde y casi todos los días, porque en el Oriente de Venezuela “nunca” es invierno.

Mañana habré vuelto luego de 20 años. Regreso buscando parte de mi infancia. No es poco. Es mucho. Seguramente, como suele ocurrir en estos casos, vea todo más pequeño y tan diferente que sienta cierta decepción inicial, pero lo que seguro no cambiará es la sensación de haber vuelto a casa.

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