Durante el verano de 2006 surgió la posibilidad de trabajar, junto a un reducido grupo, en la producción y grabación de un corto de Lucrecia Martel, que se expone dentro del marco de la muestra itinerante La Ciudad en Ciernes. La experiencia fue increíble y sumamente gratificante pues la cineasta se brinda a través de una personalidad que resulta entrañable. La temática del corto podría resultar de enorme diferencia repecto de sus otros reconocidos trabajos de no ser por esa mirada lúcida, crítica e intuitiva con que Lucrecia logra desnudar la vida y el entorno social de la “cultura country”. Hoy que en boca y en mirada de todos está la “in-seguridad” que viven puertas adentro los residentes de los barrios cerrados y cuando se empieza a analizar cómo es y será la vida de esos individuos nacidos y criados en un barrio privado, ésta es una pequeña muestra de la fobia social que ciertos ciudadanos argentinos viven. Durante el scouting de locaciones para filmar paredores, cercos y alambrados recorrimos varias decenas de los más de 600 barrios cerrados del conourbano.

En una entrevista que le hice para El fantasma de Recoleta, el tema resurge y Martel refuerza su visión sobre la resignificación de la vida urbana.

¿LA IDEA DE SER CIUDADANO CORRE PELIGRO?

Por Vanina Berghella

La multipremiada directora de La Ciénaga y La Niña Santa se despacha a gusto sobre la vida en la Ciudad, en Recoleta y en los barrios cerrados. Con definiciones filosas y perturbadoras, esta salteña viajera es capaz de ligar todo esto con su pasión por los barcos o el sentido del cine, mientras, claro, fuma un habano.

Una serie de objetos extraños e incompatibles entre sí dominan la decoración de su casa. Un sillón de odontólogo antiguo, con sus tornos originales y todo tipo de pequeños aparatos dentales, se planta en el medio del living, junto a un juego de amplios sillones. Un poco más allá, un mueble repleto de figurillas, donde desfilan dinosaurios de plástico, imágenes de santos y muñecas de trapo, se enfrenta a otro mueble poblado de cajoncitos, donde viejas máquinas de escribir reposan junto a otros aparatos indescifrables. Increíblemente, todos estos objetos conviven en perfecta armonía para que la nueva casa de Lucrecia Martel, situada en Villa Crespo, se convierta en uno de esos lugares donde dan ganas de quedarse. Y, aunque ya no vive en Recoleta -tuvo varios domicilios aquí-, es habitual encontrarla trabajando en algún café del barrio, munida de su notebook y colgada a un wi fi.

Lucrecia está ansiosa por empezar a rodar su próxima película, La Mujer sin cabeza, que la llevará, una vez más, a filmar en su provincia natal. “La escribí antes que La Niña Santa, ni bien terminé La Ciénaga, y, por una cosa o por otra, la fui postergando. Quizás sea la última película que filme en Salta”, dice, sin saber bien si será así.
La directora pasó los 40, pero luce una apariencia juvenil. Será por su pelo largo, siempre suelto y sin tinturas, por su cuerpo delgado, por sus habituales jeans y camisas informales, o porque su crianza provinciana le marcó un ritmo espacial que no le permite enloquecerse demasiado.

El regreso a lo primitivo
Lucrecia Martel ha demostrado en sus películas una enorme sensibilidad para observar los comportamientos de determinados grupos sociales. Como ocurre con sus filmes, su aguda percepción no resiste ambigüedades. Su radiografía del habitante local oscila entre un perfil superficial y otro más profundo: “En Recoleta, no vas a encontrar una mujer de mediana edad que no se haya hecho unas flores de tetas; eso es muy del barrio. Por ahí se le está cayendo a pedazos la piel, pero está rebronceada. Por otra parte, hay un vecino muy tradicional y conservador, que se diferencia del que elige vivir en Palermo o en un country, que eligió quedarse en el barrio y todavía tiene principios republicanos. No reniega de la ciudad, es un tipo al que el barrio le importa y lo defiende. Probablemente tenga ciertas insensibilidades sociales, como todas las clases medias altas del país, pero es un tipo al que todavía le importa la forma de vida del barrio”.
Curiosamente, lo que más extraña Lucrecia de vivir en Recoleta son las ferreterías: “Todavía quedan de las viejas, donde encontrás desde una pava de acero inoxidable hasta un buen pico para el aceite. A la gente de Recoleta le gusta reparar lo que tiene. Se ve que han tenido cosas buenas y las conservan. Es gente que quizás ya no tenga tan buen poder adquisitivo, pero sí un buen vivir y cuida sus cosas. Además hay buenos zapateros, casas de reparación de electrodomésticos; todo se repara. Eso me encanta”.

Martel se entusiasma charlando sobre temas relacionados con el urbanismo, las ciudades y la vida en los countries. El año pasado escribió y dirigió el corto La Ciudad que huye exhibido en una muestra internacional itinerante de arquitectura-, donde investigó el desarrollo de los barrios privados en el Gran Buenos Aires y ahondó sobre la barrera urbana que constituyen. En el filme se muestran murallones y alambrados interminables que separan los barrios cerrados del resto de los vecindarios, y la violencia que ejerce esta idea. “La ciudad no es solamente un grupo de edificios y servicios que se les brindan a los ciudadanos. Es un espacio narrativo donde uno arma su identidad; implica un montón de cosas netamente simbólicas. Esto desaparece en esa otra cosa articulada, llena de pasajes, barreras y dispuesta de manera ficticia, que tienen los barrios cerrados. Lo que está en peligro es esa idea simbólica de ser ciudadano”. Según Lucrecia, “quienes deciden vivir en barrios privados sufren un retroceso a lo primitivo. Imaginate que estás en tu aldea perfecta, tu paraíso. Luego salís y vas por un largo camino hasta tu lugar de trabajo, a un lugar ruidoso, sucio, enquilombado. Ya vas con otra carga emotiva, por supuesto, negativa. En tanto que la familia, tus afectos, lo que tenés que defender está en ese otro lugar. Y a la ciudad venís casi sin escrúpulos, sólo a ganar plata, como a una cacería de lobos. Esa es la sensación que me genera, porque tus bienes y tu idea de hogar están en otra parte, protegidos y lejanos. Esa idea es muy primitiva”.

La vida es aventura
Martel tiene la gran virtud de hacer sentir cómodo a quien llega su casa. Algún queso, unas galletitas, café negro o una copa de vino son el condimento ideal para convertir la visita, desde los primeros minutos, en un momento especial. Mientras, ella arma la bandeja con las delicias, enciende y fuma con deleite enormes puros.
Por momentos, la entrevista navega entre un tema y otro. Pese a ello, siempre sabe retomar el rumbo hacia lo que le interesa decir. Hace rato mencionó su barco y se le iluminó la mirada. En realidad es un velero de madera, que hace un par de años adquirió y ella misma se ocupó de reparar y poner a punto para navegar por el Delta. “Ojo, no es un yate. El mundo del barco es una cosa que me fascina desde chica, cuando miraba películas de piratas”, aclara.

Para Lucrecia, tener un velero es algo que trasciende la náutica y se emparienta con la idea de la existencia: “Para mí, el barco es un concepto, es el objeto que señala perfectamente, a modo de metáfora, la aventura de la humanidad. No hay muchos lugares donde el conocimiento sea tan importante como en un barco. Saber sobre física o sobre mecánica hace la diferencia entre estar a salvo o no”. Por eso, lo primero que hizo fue seguir un curso de timonel y también dedicó tiempo a estudiar e investigar sobre mecanismos y motores. “Imaginate que el funcionamiento de los motores diesel no es algo que nos hayan enseñado en nuestra adolescencia”, señala irónica y divertida. A menudo sale con su barco a recorrer los canales del Delta y sueña con remontar el Paraná hasta llegar al Paraguay: “La vida moderna nos ha alejado de esas situaciones donde el hombre, con su conocimiento, tiene que vencer circunstancias concretas en que el poder de la naturaleza puede ponerlo en peligro. En un barco todo es dinámico. Es un concepto que podría trasladarse a la vida urbana. Fijate: es un espacio reducido, incómodo para la vida burguesa, pero tiene lo mínimo y necesario. Un lugar para dormir, otro para calentar la comida y un espacio donde podés sentarte a leer. Es un lugar donde hay una actitud muy respetuosa del uso del agua potable. Es una unidad muy reducida y afuera está la inmensidad de la naturaleza. Es poder disfrutar de lo inmenso, tener lo mínimo e indispensable y no aspirar a más”.
Pese a los casi 20 años que lleva viviendo fuera de Salta, su acento es parte esencial de su personalidad. Con ese suave y dulce arrastrar de erres y el tono casi siempre bajo, es capaz de decir cosas enormemente divertidas o terribles: “Te aclaro: el mundo del deporte, de la regata, de la gente bronceada y el color flúo no me interesa en absoluto”.

El sentido de hacer cine
Según Martel, el artístico no es el aspecto que más le interesa de su trabajo. Esta afirmación podría contradecirse con la mayoría de las críticas especializadas, a las que -dicho sea de paso- la directora intenta no prestarles demasiada atención. Para Lucrecia, la narración es una necesidad social: “Aunque a veces el cine propone situaciones que parecen una aventura, para mí es otra cosa. Es la única posibilidad que yo encontré de participación cívica o política. Me di cuenta de eso después que hice La Ciénaga. Porque antes era sencillamente la pasión que me acercaba al placer de la narración de las historias de mis abuelas, al placer de la conversación, al de la siesta y a esa cosa provinciana. Pero vos pensá que pertenezco a la generación que era entre niña y adolescente durante la dictadura y que, si bien no sufrimos directamente la violencia, porque nosotros no desaparecimos, fuimos aquellos sobre los que operó el mecanismo más perfecto, que consistió en apartarnos violentamente de la participación política en la vida de la ciudad y del país, no sólo de un partido político”.

Mientras enciende y aspira suavemente otro habano, Lucrecia reflexiona sobre la vida que les tocó vivir a los hombres y mujeres de su tiempo: “Si quedás apartado de la vida activa de un país, eso es gregario. La dictadura cercenó los ligamentos que convierten al individuo en una sociedad y, gracias a esa prolija labor, triunfó el neoliberalismo”.
La tarde ya se hizo noche en Buenos Aires y Lucrecia Martel, hundida en su enorme sillón, sigue conversando. La mayoría de las definiciones quedarán fuera de esta entrevista. Es que con ella siempre hay tema, charla interesante, justamente como esos deliciosos diálogos de las siestas provincianas.EF

“THE IDEA OF BEING A CITIZEN IS IN DANGER” Lucrecia Martel (Read the english version) > lucrecia-martel_interview.doc

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